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BLUE TREE
When your eyes meet my solitude Written and Translated by Joumana Haddad WHEN I BECAME FRUIT
A girl and a boy I was conceived
under the shade of the moon
Stranger I grew
I asked the wizards to take care
of me
And from that time on I fly. And the only one to welcome me. Desire is my way and the storm my compass And in love I do not drop anchor in any port. At night I give up most of me Then I hug myself passionately when I return. Twin of the high tide and the low Of the wave and its sands Of the abstinence of the moon and its vices Of love And the death of love. During the day my laughter belongs to the others And my secret dinner belongs to me. Those who understand my rhythm know me, Follow me But never rejoin me. Translated by Joumana Haddad Outward World Lit Dr Natalia Carbojosa presents Hilda Dolittle, whose works she is translating in Spanish. This section is intended to offer this sort of outward bound translation works of literature from English to other world languages. Please contact us if you or your colleagues are involved in this sort of work. Write to: editor at poetsletter dot com
APUNTES ACERCA DE TRILOGY, DE HILDA DOOLITTLE Dr Natalia Carbajosa Palmero
Durante la segunda guerra mundial, los poetas expatriados del modernismo norteamericano, que habían encontrado en Europa un terreno más afín que su propio país donde desarrollar sus experimentos artísticos, se ven emocionalmente urgidos a dar una respuesta a lo que está sucediendo a su alrededor. De la pluma de Eliot y Pound, sus principales actores, surgen The Four Quartets (Los cuatro cuartetos) y The Pisan Cantos (Cantos pisanos) respectivamente. Sin tratarse de obras que podamos adscribir, ni mucho menos, a la poesía social, sí es cierto que los mecanismos otrora al servicio de una brillantez estilística y erudita a veces cultivados per se, evolucionan en esta ocasión hacia un tono más concentrado y meditativo en busca de lo inefable, más justificadamente que nunca, tras la barbarie. Hilda Doolittle, conocida en los círculos literarios como H.D., amiga de juventud de Pound -a la postre negativamente marcada por esta relación, que rememora en una narración biográfica titulada End to Torment (Final del tormento)- y animada por él a seguirle en su periplo imagista por Europa, también participa de esta experiencia, tanto física como psíquicamente: las bombas de la aviación nazi caen sin cesar a la vuelta de su casa de Londres, ciudad convertida, como una nueva Pompeya, en un amasijo de escombro y ceniza. Mientras la prensa califica estos bombardeos eufemísticamente de “incidentes”, la poeta compone en su casa Trilogy, poemario dividido en tres partes -The walls do not fall, 1944, Tribute to angels, 1945, y The flowering of the rod, 1946 (No caen las murallas, Tributo a los ángeles y La floración de la vara)- y de ambicioso alcance. Doolittle ya era conocida en los círculos modernistas por obras como Sea Garden (Jardín junto al mar, publicada en edición bilingüe en Igitur) y por sus traducciones de Safo y Eurípides. Gran conocedora de la literatura griega, en muchos de sus poemas reescribe antiguos mitos, sobre todo desde la perspectiva de los personajes femeninos -Helena de Troya, Eurídice, Leda, Circe-, a los que dota de una voz propia, al margen de interpretaciones oficiales y plagada de resonancias inconfundiblemente contemporáneas. Cuando concibe la idea de Trilogy, la autora lleva varios años sin escribir –que no sin investigar, traducir, etc. Acude a sesiones de psicoanálisis con el Dr. Freud e indaga en ciertas ramas de la teosofía. Se encuentra, además, en un delicado momento personal. Mas ni la psicología, ni la espiritualidad, ni las circunstancias personales destruyen el bloqueo en el que se halla sumida. Es la traumática experiencia de verse, junto a sus congéneres, rodeada de caos y destrucción, la que se torna germen de este intenso poema de madurez (por todas partes ruina, mas como el desplomado/ techo deja a la intemperie / la estancia sellada, / así, en nuestra desolación,/ se agitan los pensamientos, nos acecha / la inspiración en lo oscuro). Su estilo, sencillo en apariencia, no debe engañarnos respecto a la intención que lo anima: el yo poético, arropado por todos los hacedores de palabras del mundo, se va transformando en un yo profético, el único capaz, en medio de la destrucción, de aunar el pasado con el futuro y asegurar la supervivencia de la humanidad. La civilización deja de ser un libro del que ir sacando mitos a conveniencia para convertirse en una necesidad. Grecia cede el puesto a Egipto, al Antiguo y al Nuevo testamento, en singular amalgama de imágenes visionarias que, a la manera de Blake, van conformando una mitología nueva, puesto que la vieja ya no sirve para interpretar los acontecimientos. Inexplicablemente, los libros de Hilda Doolittle apenas ha llegado, hasta la fecha, al público español. Presentamos a continuación los compases iniciales de la primera parte de Trilogy, The walls do not fall, con la esperanza de ir despertando el interés de los lectores por esta escritora, cuando menos, sorprendente. NO CAEN LAS MURALLAS a Bryher a Karnak 1923 desde Londres 1942 [1] Algún incidente aquí y allá, y los raíles disueltos (en fusiles) de esta vieja plaza tuya (y mía): niebla y gris niebla, sin color; pero en Luxor permanecen inmutables abeja, polluelo y liebre de verde, rosa-rojo, lapislázuli; leen sus predicciones, como siempre, en el papiro de piedra: allí, como aquí, la ruina abre la tumba, el templo; entra, aquí, como allí, no hay puertas: se abre el santuario al cielo raso, la lluvia cae aquí, allí se forman remolinos de arena; la eternidad resiste: por todas partes ruina, mas como el desplomado techo deja a la intemperie la estancia sellada, así, en nuestra desolación, se agitan los pensamientos, nos acecha la inspiración en lo oscuro: por sorpresa, el Espíritu anuncia la Presencia; nos invade un estremecimiento de otro tiempo, Samuel: temblando en la esquina de una calle cualquiera, ni sabemos ni saben de nosotros; la Pitia sentencia – corremos a otro refugio, otro muro derruido donde humildes utensilios se exhiben como extraños objetos de museo; Pompeya no enseña nada nuevo, conocemos la honda fractura del volcán, el flujo lento de lava terrible, la presión de corazón, pulmón, cerebro a punto de romper su frágil funda (¡cuánto puede resistir la calavera!): sobre nosotros, un fuego Apócrifo, bajo nosotros, tremor de tierra, engulle el suelo el declive de la acera por donde los hombres ruedan, ebrios de un nuevo estupor, brujería, hechizo: no se hizo el armazón de huesos para esta urdimbre de asombro y terror, sin embargo el esqueleto ha resistido: ¿la carne? derretida, abrasado el corazón, ascua muerta, rotos músculo y tendón, rasgada la envoltura, pero la estructura intacta: hemos vencido a las llamas: nos preguntamos ¿qué nos ha salvado? ¿y por qué? [2] El Mal se afanaba en la tierra, el Bien, abatido, se afligía; el Mal ofrecía aventuras, ocioso, el Bien languidecía; el Mal-igno acechaba disfrazado de Jehová; el Bien era la insípida cáscara despojada del maná-semilla, la legumbre: estaban airados y nosotros tan faltos de alimento, Dios; arrancaban nuestros amuletos, los hechizos, decían, no son la gracia; mas los dioses siempre son bifrontes, así que busquemos los antiguos senderos en pos de la runa verdadera, el conjuro exacto, los valores antiguos retomemos; no atendamos si nos gritan: vuestra bella Isis, Aset o Astarté es una ramera; sois unos mojigatos, fanáticos que añoran las ollas de Egipto; vuestro corazón, es más, es un cáncer muerto, prosiguen, y vuestra salmodia es el himno del diablo, vuestro estilo se moja en sublimado corrosivo; ¿cómo rascaréis hasta borrar, del palimpsesto, la tinta indeleble de pasadas desventuras? [3] No obstante, recobremos el Cetro, la vara del poder, coronada con la flor del lirio o su brote: es el Caduceo; entre los moribundos curación otorga: o, evocando a los muertos, trae la vida a los vivos. [4] Alberga un hechizo, por ejemplo, cada concha de mar: constante, el embate del agua nada puede contra el coral, el hueso, la piedra, el mármol labrados desde dentro por ese artesano, el habitante de la concha: ostra, almeja o molusco es el maestro escultor que trabaja el prodigio en piedra; pero ese ermitaño fláccido y amorfo que ahí mora, como el planeta, siente la finitud, limita la órbita de su ser, su casa, templo, ermita o santuario: abre los portales a intervalos fijos: urgido por el hambre, se abre al flujo de la marea: ¿y el infinito? no, sólo un poco de cada: siento mi propio límite, mis valvas se cierran en seco si el peso inabarcable del océano me invade; el agua infinita no puede romperme, huevo en mi concha; cerrada, completa, inmortal, un círculo perfecto, conozco la marea, su empuje y su calma tan bien como la luna; la oscuridad del pulpo nada puede contra su fría inmortalidad; así, a mi modo, sé que la ballena no puede digerirme: resiste en tu órbita pequeña, inmóvil, limitada, y del tiburón de la circunstancia externa te escupirán las fauces: sé indigerible, dura, avara, y así, en reclusión, engendra de ti misma, generosamente, esa valiosa perla. [5] Cuando andaba en compañía de los dioses yo amaba y era amada; nunca, empero, fue mi mente presa de este arrobo, ni mi corazón llevado a tal placer como ahora que descubro, del Amor, un nuevo Maestro: Suyo es el rastro en la arena de un ciruelo en flor a la puerta entreabierta de una choza (rastro hubiera sido aunque el viento disperse las huellas en la arena, vistas o no vistas): Suyo el genio del vaso que encuentra el Pescador, Él es el Mago, el que lleva la Mirra. [6] En mí (la oruga), sin duda, no hay otra virtud que esta: la constancia; escapé de la tela de araña, la garra del ave, el pico rapaz, me aferré a una brizna de hierba, al envés de una hoja mientras el vendaval la arrancaba de su tallo; escapé y exploré el bosque de espino, me arrastró la lluvia por el valle de una hoja; me posó en la hierba, donde asta junto a asta engalanadas formaban entre sí una maraña de joyas engastadas de niebla, la de cada bandera en su asta: indiferente a la multiplicidad de tan vasta belleza, como vuestro gran ojo sombrío de Gorgona no es capaz de enfocar ni calcular, saco provecho de cada calamidad; me abro paso; devorando hoja de vid y de morera, voy encontrando, parásita, alimento; cuando exclamáis con asco: un gusano en la hoja, un gusano en el suelo, un gusano en la espiga, continúo impenitente; porque sé que Dios, Nuestro Señor, me será revelado cuando yo, la oruga laboriosa, haya tejido mi propio sudario. [7] Los dioses, las diosas llevan el tocado alado de cuernos, como antenas la mariposa o la cresta erguida la cobra real para mostrar, de la oruga, su metamorfosis. [8] Con los cuernos, el disco o la serpiente erguida revelamos nuestra condición: aunque estos, las dos plumas o el loto sean, nos decís, frívolo adorno del intelecto; los poetas somos inservibles, más que eso: nosotros, reliquias genuinas, portadores del saber secreto, retazos vivientes de la banda que lleva el iniciado dentro de los santuarios no sólo somos ‘in-útiles’, somos ‘patéticos’: esta es la nueva herejía; pero si ni siquiera entendéis lo que las palabras dicen, ¿cómo os atrevéis a juzgar lo que las palabras callan? con todo, revelan las antiguas escrituras que estamos de nuevo en el principio: os queda un largo camino por recorrer, caminad con cautela, dirigíos con respecto a quienes han completado el ciclo de la oruga, pues también antes fueron los dioses aplastados y los ídolos y su secreto guarda la misma palabra humana, el sueño banal o trivial; las insignias en la cresta de la garza, el lomo del áspid, los enigmas y escrituras prometen, como antaño, protección para el escriba; este precede al sacerdote, es sólo el segundo tras el Faraón. 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Revisiting the Orange Revolution: Nadia Saint
London Strand Special
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